CAPITAL HUMANO
I
La oficina enmudece con sus recursos humanos aterrizando en la sala de reuniones. Los trajeados currantes entran por cualquiera de las dos puertas opuestas y se acomodan en las seis sillas de la redonda mesa blanca que preside la habitación. El único elemento que viste las paredes consiste en una pantalla de proyección.
—Buenos días a todos —saluda el CEO—. La quincena se presenta interesante. Aquí tenéis el nuevo cuadrante —la secretaria se levanta y reparte entre los asistentes un par de hojas con gráficos y diagramas de flujo—. Óscar, necesito que ayudes a tiempo completo a Alfonso en el proceso que conseguimos la semana pasada. Es superimportante que tengamos éxito, así que Daniela se encargará del caso que llevabas.
—¿Estamos hablando del juicio penal de procedimiento abreviado? —Daniela levanta desconcertada la vista de los papeles y protesta—. ¡Pero si la vista se celebra este viernes!
—Lo único que tienes que hacer es finiquitarlo, nada más —desafía el CEO. Hace una pausa y retoma el monólogo—. Y tú, Jorge, como llevas poco tiempo con nosotros, vas a continuar ayudando a Daniela.
El resto del personal asiente conforme.
La reunión concluye.
II
Daniela e Inés, la secretaria, comentan la reunión mientras recorren los pasillos del laberíntico bufete. La abogada despotrica por la imprevista carga de trabajo extra. Inés, que disfruta con la idea de una merecida jubilación anticipada, la escucha y prodiga palabras de ánimo.
—En esta vida todo es aguantar, corazón.
—Sí, pero unos más que otros —desfoga Daniela, que se detiene para esperar a un rezagado Jorge.
Inés sonríe con cara de póquer y avanza para plantarse en la recepción. Observa resignada a la joven que se refugia detrás del mostrador, concentrada en el móvil. «Por Dios, qué chica más tonta. ¡Si no fuera porque es la sobrina del jefe, no duraría aquí ni dos días!», piensa.
—Sonia, ¿ha habido mucho movimiento durante la reunión?
—Pues no —responde sin mantener contacto visual—, pero ha llamado un tal José María preguntando por mi tío.
—¿Y tomaste nota?
—No. No entendí nada de lo que me decía con tanto ruido de fondo. Sí que le pedí que volviera a llamar más tarde —comenta orgullosa.
—En fin, ¡qué le vamos a hacer! —suspira Inés ajustándose las gafas de mariposa—. Si quieres, ya puedes irte a almorzar.
Apenas escucha las palabras mágicas, Sonia recoge su chaqueta y bolso chic de uno de los armarios de oficina cerrados con llave. Jorge y Daniela se acercan a la recepción.
—¿Qué tal la reunión? —pregunta Sonia. No espera la respuesta de cortesía—. ¿Os venís a almorzar?
—No, gracias. Tenemos mucho trabajo —contesta Jorge.
El teléfono comienza a sonar. Inés levanta el auricular y suelta un «Espere unos segundos, por favor». Daniela recoge el pliego de papeles que Inés le entrega y, al pasar por delante de Jorge, lanza una mirada inquisitiva a Sonia.
—¡Oh!, si yo ya me iba —exclama una sobresaltada Sonia, que desaparece por la puerta principal.
Apurando un momento de paz en la oficina, una estresada Daniela corre al despacho de los seniors. Jorge la sigue desde una distancia prudencial.
Daniela llama a la puerta y entra en el espacioso y lujoso despacho. Óscar y Alfonso charlan café en mano. Los livianos portátiles que presiden las mesas de oficina pierden lustre ante la orgullosa montaña de carpetillas y folios. Las paredes forradas de estanterías repletas de cajas de expedientes y de manuales de derecho.
—Óscar, ¿me has preparado la documentación de tu caso?
—Sí, ahí la tienes —señala un par de cajas apiladas en el suelo. Deja la taza en la mesita y se levanta del sofá. Le cuesta ajustarse la corbata con el cinturón a punto de reventar por la barriga cervecera. Jorge desvía la mirada para ahogar la risa.
—Por Dios, ¿cómo puedes trabajar así? —exclama una irritada Daniela mientras revisa de reojo el esperpento.
—¡Encima que me he tomado la molestia de recoger toda la documentación! —protesta Óscar.
—Anda, Jorge, ve a por el carrito del almacén —suspira la joven—. Debería de estar detrás de la puerta.
III
Jorge y Daniela pasan la jornada en un pequeño despacho, sin luz natural. Los escritorios son diáfanos, con bandejas donde los expedientes se ordenan por prioridades. La abogada, concentrada en la pantalla, repasa los procedimientos y el estado del juicio. «¡Qué semana! A ver si acabo de ordenar y puedo dedicarme a lo que de verdad importa», piensa Jorge, a la vez que vigila a Daniela.
—¿Cómo llevas el caso de Óscar?
—¿Perdón? ¡Ah! Pues justo ayer tuve una cita con el cliente. Miente más que habla. Le insistí en que hablase lo menos posible en la sala. Vamos, que sus declaraciones no resultan muy convincentes.
—¡Oh, vaya!
—Eso no es lo peor. Ni me escuchaba. Estuvo todo el rato mirándome a los ojos y asintiendo con la cabeza.
— ¿Y no le dijiste nada?
—Solo es un cliente. No merece la pena —se apresura a cambiar de tema—. ¿Ya has acabado? Pásame esos pliegos, por favor.
—Sí, aquí tienes.
Jorge mira el reloj. Apaga su portátil, comprueba el escritorio ordenado y se pone la chaqueta. Daniela hojea con atención el expediente y sacude la cabeza sorprendida. Pensativa, vuelve a sumergirse en la pantalla del ordenador.
—Bueno, yo ya me voy —excusa Jorge—. ¿Vienes?
—No, ahora no. Necesito comprobar un par de cosas.
—Adiós, no te quedes aquí a dormir —sonríe.
—¡Hasta mañana!
Daniela contrasta el expediente de la base de datos del portátil con la versión impresa. Repasa la documentación un par de veces. No coinciden. «¿Cómo es posible que se me haya pasado por alto?», lamenta Daniela. Las vistas del juicio penal son inminentes. Tiembla. Coge el móvil. Teclea.
DANIELA:
No me esperes para cenar. Llegaré tarde.
KEVIN:
¿Otra vez?
DANIELA:
Estoy hasta arriba de trabajo.
KEVIN:
¡Qué sinvergüenzas! Si al menos te pagaran las horas extras...
DANIELA:
Solo será un par de días más, hasta el viernes.
KEVIN:
Desde que comenzaste a trabajar ahí, solo nos vemos los fines de semana :/
DANIELA:
Ten paciencia. Pronto me ascenderán y podremos pagar una hipoteca.
KEVIN:
...
IV
La sala de reuniones del bufete hierve de actividad. Al CEO le cuesta poner orden y calmar los ánimos encendidos.
—Quiero felicitar a Daniela, que como bien sabéis todos ha ganado el juicio. Estoy muy satisfecho de que hayas cumplido el objetivo, a pesar del escaso tiempo que tuviste para prepararlo todo.
—Gracias.
La reunión prosigue hasta que los temas del orden de día se agotan. Los asistentes se apresuran a reanudar sus quehaceres. Daniela insiste en hablar con el CEO, que espeta: «Aquí no. Vamos a mi despacho».
—¿Y bien? —inquiere mientras entran en su santuario.
—Señor Martínez —le cuesta arrancar—, quería comentarle lo mucho que agradezco la oportunidad de demostrar mi valía. Creo sinceramente que merezco un aumento de sueldo. Llevo trabajando en este bufete año y medio, y...
—Me temo que no es posible, querida —interrumpe.
—¿Cómo que no?
—¿Sabes lo afortunada que eres de trabajar aquí? Mucha gente mataría por este trabajo.
—¡Oh, vamos! ¡Si supieran cómo funcionan las cosas por aquí! —mira a un lado y otro, luchando por contenerse.
—Mira, te voy a hacer un favor. Regresa a tu despacho y olvidemos lo sucedido. ¿Estás conforme?
Daniela sale y cierra la puerta. Tropieza con Jorge en el pasillo. No atiende a la disculpa y ni siquiera responde al comentario de: «¿Cómo te ha ido con el jefe a solas en su despacho?». Jorge corre a la recepción. Daniela juraría, por la creciente algarabía, que anuncia su inminente promoción a Inés y Sonia. Avanza directa a su cubículo. Saca el móvil.
DANIELA:
Tenías razón.
KEVIN:
¿Perdona?
DANIELA:
Dimito. Paso de continuar tragando mierda. La reunión con el jefe ha sido horrible.
KEVIN:
¡Oh!
DANIELA:
¿Y sabes qué? Lo peor de todo es que el hijo de la gran puta que defendí en el juicio de esta semana era culpable y lo han declarado inocente gracias a mí. ¡El mundo al revés! ¡Costó tanto aguantar el tipo mientras el cabrón sonreía y los familiares revivían el calvario! La madre sollozaba temblando, el padre intentaba consolarla y las amigas protestaban llamándole de todo y gritando que no había justicia en este mundo.
DANIELA:
Nunca más. No merece la pena. ¡Este bufete apesta! Solo soy una pringada más.
KEVIN:
Mira, en cuanto llegue a casa vamos a salir. ¿Te parece bien cenar en ese restaurante que me comentaste el otro día? Te irá bien cambiar de aires y desconectar. Te quiero.
DANIELA:
¡Qué tonta he sido! Debería habérmelo imaginado a los dos días de entrar a trabajar. ¡Era todo tan deslumbrante!
KEVIN:
No te agobies. Tú lo has hecho lo mejor que has podido. Los incompetentes son ellos. Besos.
FIN
© Rocío García. Todos los derechos reservados
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