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 MI FIN DE SEMANA


«¡Salgamos este finde!». «Sí, lo que tú digas». «Es una sorpresa. Te va a gustar, ya verás». Mi alzamiento de cejas animó tus carcajadas. «¿De verdad que no puedes dejarlo en casa de tu madre?». «No, ni hablar. Me va a matar si se lo vuelvo a encasquetar». «Bueno, sobreviviremos. ¿Verdad? Ponte ropa cómoda, que nos vamos de excursión». Me levanté corriendo de la cama antes de pensármelo dos veces. Preparé el desayuno para tres. Di mil vueltas por toda la casa para intentar ponerlo todo en orden mientras preparaba la mochila. ¡Qué caos! «¿Podrías ayudarme un poquito, no?». «Por el amor de Dios, ¡apaga ya la tele que nos vamos!». «¿Adónde, mami?». «Y yo qué sé, pero vámonos ya mismito».

Y ahí estábamos los tres en mi coche. «Yo conduzco», dijiste. Me puse las gafas de sol y entrecerré los ojos como Arturito. «¿Ya hemos llegado?». «¿Verdad que no hemos parado el coche? No, aún no hemos llegado». Volví a ensoñar. Deseaba que el viaje no acabase nunca, porque el pequeño dormido parecía un ángel. Pronto la autovía dio paso a una carretera secundaria y a un paisaje de olivar. Al final del trayecto, vislumbré un montón de casas blanquísimas coronadas por los restos de un castillo. «¡Qué bonito lugar!». «No, no vamos al pueblo. De verdad que no, aunque luego podemos ir a comer. Vamos a la cueva cercana, que me han dicho que está muy bien». La madre que te parió.

La Cueva, en mayúsculas. Yo llevaba en brazos a Arturito, tú llevabas la mochila al hombro. «Cariño, despierta. Ya hemos llegado. Mira». «¿Dónde estamos, mami?». «Tengo miedo». «Cariño, ahora se ve oscuro. Pero ya verás qué chulo». En el exterior no hacía calor aunque, al atravesar las rejas de la entrada, el aire parecía más cálido y húmedo a medida que avanzábamos entrañas adentro. «¡Mira qué bonito y cuántas luces!». Arturito se me agarró aún más. «¿De verdad que no puedes dejar que camine él solito? Lo estás malcriando». Arturito comenzaba a asomar la cabeza fascinado, nervioso y desafiante. «Mira donde pones el pie, que vamos a tener un disgusto».

Pensé que iba a sentir un poco de claustrofobia. Error. Me sentí emocionada por la novedad. El espacio se expandía y contraía de forma caprichosa. Me acordé del "Viaje al centro de la Tierra" y de la caverna de Platón. Sonreí. Los comentarios del guía y el runrún de nuestros compañeros de grupo rompían el hilo de mis pensamientos. Estalactitas y estalagmitas. Después de oír diez veces seguidas esas dos palabras, bastante tenía ya con no trabarme al pronunciarlas. Sus formas caprichosas se alternaban, fusionaban y entremezclaban hasta que llegamos a la madre de todas las estalagmitas, ¿o era estalactita? ¡Ay, tendría que haber prestado más atención!

¿Dónde estaban los famosos habitantes de la Cueva de los Murciélagos? No lo sé. No escuché ningún ruido sospechoso. No vi nada que me sobresaltara. A veces señalabas el techo y examinaba lo que me parecía un punto oscuro en movimiento, que bien podría haber sido o un murciélago o mi imaginación. ¡Qué cosas tan raras se sienten bajo tierra! El guía comentó varias veces que anidaban en las galerías más recónditas. Si yo fuera murciélago, también haría lo mismo.

Entrar en la cueva fue una promesa emocionante, atravesarla un mar de estímulos nuevos, y salir al exterior... «¿De verdad que no hay ascensor?». «Pues va a ser que no». Los ojos exploraban los interminables peldaños cuesta arriba. Las rodillas resentidas buscando suelo firme. Los brazos cada vez más pesados. «Cariño, baja y anda un poquito. Mamá ya está cansada y no puede más». «Uno, dos, tres... ya casi estamos. ¡Cuánta luz!». Readaptarse a la luz solar me costó tanto que, por un momento, me olvidé del cansancio y deseé volver a refugiarme en la gruta. «De verdad, qué rechulo. ¿Os ha gustado?». «Siií». Arturito estaba muy contento.

Hicimos una parada en Zuheros para comer un alguito. Unas migas, acompañadas de salmorejo y aperitivos de queso de cabra. Estaba tan tranquila en la sobremesa y me rompiste el karma. «¿Ya nos vamos a casa?». «De verdad que ahora sí». Suspiré. Nada más arrancaste el motor del coche, Arturito volvió a convertirse en un ángel. Nada más aparcaste, abrió los ojos como platos. Nada más entramos en mi casa, corrió a su habitación dejando caer la chaqueta en el suelo del pasillo.

Todo estaba en calma. Solo se escuchaba la tele. No me lo podía creer. «¿De verdad crees que se ha quedado dormido? Podríamos aprovechar». «No sé, no sé, no sé. Anda, ve a echar un vistazo». Te levantaste del sofá a regañadientes. Asomaste la cabeza por la puerta entreabierta de su dormitorio.

—Patri, corre. Ven.

En un suspiro recorrí media casa. Lo juro. Reventé todos los récords. De reojo alcancé a ver el caos. Arturito manchado de ceras y rotuladores, con los pies enredados entre una montaña de ropa desparramada por el suelo de pie frente a la pared que ya no era blanca.

—¡Mira, mami! ¡Como la cueva!

 

FIN

© Rocío García. Todos los derechos reservados  

 

 


 

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